miércoles, 15 de septiembre de 2010

Mi cupcake

Tengo un cupcake que me gusta mucho. Lo vi hace poco en esa tienda, en el mostrador. Yo no soy un tipo dulcero así que en un principio no me fijé demasiado, pero por alguna razón logró captar mi atención. Me acerqué despacio, lo detallé mejor, y me pareció un cupcake muy bien hecho. Se podía apreciar que lo hicieron con todo el esmero, cada detalle muy bien pensado. La crema que lo cubre está cuidadosamente puesta en su sitio, una crema rosadita, provocativa. Y en la punta de la crema, un corazón. Rojo. Encendido. De esos corazones que pueden quemar.

Tímidamente me acerco a preguntar si ese cupcake está a la venta, si es real, o si es tan sólo una muestra de aquellas que se usan para atraer miradas. Tan perfecto se ve. Medio irreal. Lo compré. Me atrajo y me gustó, así que lo compré. Ya más de cerca vi que no es tan perfecto. Vi que por el contrario tiene detalles que lo hacen diferente, la crema tiene algunos granos de azucar, el corazón no está perfectamente alineado y tiene unas arruguitas aquí y allá. Supongo que ha sido un corazón maltratado. Siempre hay alguien que no sabe tratar un corazón como se debe. Gente sin corazón, debe ser.

Pero esas imperfecciones lo hacen único. No hay un cupcake igual. Es hecho a mano y con pasión. Y por eso me gusta. Por eso captó mi atención. Lo compré porque no es uno entre tantos, sino que es mi cupcake. Es EL cupcake. Sus imperfecciones lo hacen ser lo que es y así es que me gusta. Con su sabor incierto, con su aroma atrayente, con su forma delicada y precisa. Lo tuve sobre mi mesa un instante, sin saber qué hacer, tan sólo admirarlo. Me gusta tanto mi cupcake que no sabía si debía comérmelo o no. Y como no supe qué hacer, lo tomé, lo guardé en su caja y salí corriendo llevándolo conmigo.

Golpeé en su puerta y esperé que saliera a pesar de la hora. Se lo regalé a ella, para que ella lo disfrute. Porque quiero que ella sea mi cupcake.

Feliz día del amor y la amistad.

Ellos ya siguen a la marmota

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