miércoles, 2 de marzo de 2011

Las mujeres la tienen fácil

Desde tiempos inmemoriables -y producto de nuestra naturaleza machista- las mujeres son cortejadas, conquistadas y convencidas. Claro, en algunos casos engañadas porque no falta el paquete chileno. 

Por naturaleza, en la gran mayoría de especies es el macho el que corteja a la hembra. El pavo real con el plumaje más vistoso es el que se lleva a la pava reala. Es natural. El ciervo más cornudo es el que se lleva su cierva. Afortunadamente eso no aplica en humanos o si no ¿quién las detiene? Y así pasa con el gallo que más canta, el cuervo que más ojos saque o el lagarto que más puestos tenga. Es natural.

Sí. Es una ley de la naturaleza así que no se discute, pero tampoco podemos negar que las hembras, mancebas y/o mujeres la tienen más fácil. Ellas esperan sentaditas mientras es el carnero, el macho cabrío, el que se tiene que encender a cabezazos para lograr captar su atención. Aparte el ganador tiene que tomarse un frascado de advil para poder disfrutar de su "trofeo". Pongo trofeo entre comillas porque a muchas mujeres les ofende el término, aunque a algunas otras les encante pasear con El Propio y sus escoltas (ver la novia no-modelo) en Galería Café Libro.

Desde chiquitos nos educan para eso. El que primero tenga triciclo va ganando. El que primero le quite las rueditas a la bici llegará más lejos. El que tenga el mejor carro, con más motor, la billetera más gruesa y demás. Tranquilas, no se ofendan: es natural. Las mujeres antropológicamente deben asegurar que su descendencia tenga un padre que los proteja, así que buscan al más adecuado para eso.

Pero en humanos es más complicado. El hecho de que seas el más "apto" para garantizar la prolongación de la especie no te dice que tendrás éxito con la sujeta en cuestión. No basta con encenderse a trompadas con Miguelito, el matón del barrio. No hay que ganarle a nadie en una guerra cuerpo a cuerpo, ni siquiera en una partida de póquer. 

Luego de que simbólicamente has vencido varios contendientes, luego de que simbólicamente has corrido más que el resto -literalmente eso lo hacen los espermatozoides- llegas jadeando a donde tu admirada mujer. Y ella te recibe con un "ay, no sé. Es que tengo como pereza de salir, si quieres hablamos la otra semana". Dan ganas de devolverse a dejarse dar por los otros tipos. O de mandarlos a ellos para que pasen por lo mismo.

Entonces hay que afrontar el mayor de los temores. Nosotros por las mujeres podemos atravesar un río a nado, infestado de pirañas. Podemos "tocar varilla" 100 veces en el columpio del parque. Podemos pasar los 8 mundos de Mario Bros 3 sin honguito. Podemos incluso ver una película rosa que no queremos ver por ustedes; y lo hacemos con estoicismo digno de Simón Bolívar, pero nos jode el rechazo. El miedo al rechazo es nuestro "ultimate fight".

Cuando pierdes el miedo al rechazo la cosa se vuelve más fácil, porque te atreves a hacer cosas que el miedo te impide. Es por eso que nos ayudamos de licor (bueno algunos abusan y por eso no hacen propuestas indecentes sino que las babean). Dicho sea de paso, un saludo especial a nuestro gran amigo José Cuervo; más de un padre orgulloso quisiera llamar así a su hijo. Es que suena mejor que Johnnie Walker Marmolejo.

Ahora, querido lector temeroso, no te confíes y pienses que porque superaste el temor al rechazo de una mujer lo superaste con todas. ¡No! Siempre habrá una más que te haga temblar las piernas, o que te haga sudar como camello saharieño (aclaro, en realidad se dice sahariano, pero algunos puristas no se aguantan ni un chistesito pendejo; ya los veo venir con sus antorchas correctoras). Siempre habrá una mujer que te haga balbucear estupideces, que te haga razonar una cosa y sentir otra, una mujer que te haga salir del casco urbano. Pero no te preocupes, es natural.

Ellos ya siguen a la marmota

Marmotazos populares