viernes, 22 de julio de 2011

La fina estampa

En pasados post les contaba de cosas que nos pasaron a mis compañeros y a mí en un viaje a Kansas por trabajo. Les contaba de unas habichuelas y también de taxis. Ahora les voy a hablar de comida.

En la primera tarde de trabajo, la gente donde el cliente nos invitó a una cena entre ambas empresas, para fortalecer relaciones. Gente muy bacanal y divertida. Todo era risas y chascarrillos -imagínense a un gringo diciendo "chascarrillo"-. Cuando ordenamos y nos llevaron los cubiertos, no sabía qué hacer con los tres tenedores. Casi tomo uno en cada mano y con el otro me pongo a batir el cuncho del jugo. Ni hablar del pocotón de cucharitas.

Saliendo una tarde del trabajo, mis compañeros y yo estábamos listicos para irnos al hotel, pero nuestros amigos gringos nos dijeron "oigannnn, vamos a comer por ahí, ¿no?". Nos miramos... y dijimos "Bueeeeenoooo, vamosssss". Que no se diga que somos rogados. Hay que dejar el nombre de la patria en alto. Y pues… muy rico comer algo diferente y no la típica McDonalds.

Arrancamos para un restaurante de comida de mar. Yo la verdad pocón de eso, no la disfruto mucho. No soy de los que limpian espinas y sacan ojos de róbalo. Para mí los peces son amigos, no comida. Sin embargo allá fuimos a dar, tampoco me iba a poner de exigente -además hay que dejar el nombre de la patria en alto-. De entrada pedimos ostras de todo tipo. Ostricas, ostrotas, ostiones, de todo. Las bebidas eran cerveza para los colombianos y unas cositas más para los otros. El caso es que al final la cuenta salió por más de 300 dólares. A mí me iba dando la palideishon, y ya me hallaba lavando loza y cuidando viejitas gringas para poder devolverme a la patria, pero afortunadamente los anfitriones dijeron que eso lo pagaba la empresa. Menos mal. Me volvió el alma al cuerpeishon. 

Lo peor no fue eso. Todo iba divinamente, hasta que llegamos al hotel al muy buen rato, después de darnos una vuelta turística. Acababa yo de cerrar la puerta de la habitación cuando sentí un dolor ciego en el estómago. Yo creo que era ciego porque sentí como si me hubieran pegado palazos en el vientre. Para resumir y no dar muchos detalles, me intoxiqué, pasé una noche terrible, devolví hasta el FUA. La buena noticia es que al otro día amanecí bien.

En definitiva, la mejor comida que tuvimos fue en un restaurante súper sencillo, que nos encontramos en Downtown, caminandito y como quien no quiere la cosa, en el que vendían hamburguesas. Cero finura. Es que uno es bien de pueblo. Nada qué hacer.

Ellos ya siguen a la marmota

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