martes, 5 de julio de 2011

Ricas las habichuelas

Para empezar, fue un vuelo con un par de compañeros de la oficina. No los conozco hace mucho de manera que la confianza hasta ahora se está construyendo. No hicimos web-checkin, estábamos sujetos a las sillas que nos asignaran en el aeropuerto.

Mis dos compañeros se presentaron primero y quedaron juntos: "37F y E" me dijeron emocionados, como si Santafé hubiese quedado campeón luego de 4 décadas de abstinencia. Cuando pasé, el caballero que me atendió me preguntó "¿quiere quedar con sus compañeros?", sí, dije sin titubear. Los tres quedamos en el mismo grupo de sillas, pero resultó ser la última fila, la que queda junto al baño, junto a la "sala de reunión" de las azafatas y a la turbina del avión. Atrasito. O la de los músicos, que llaman.

Las sillas ubicadas en la última fila -al menos en este tipo de avión- no se pueden reclinar. Por ahí ya jodidos. Era como tratar de dormir siendo guardia presidencial junto al Palacio de Nariño, en el centro de Bogotá. No es imposible -tengo compañeros que lo hicieron mientras prestamos servicio- pero se requiere de un nivel de práctica y sueño que nunca alcancé.

Todo el vuelo fue por un lado escuchando la turbina y por el otro a las señoritas asistentes de vuelo. Ni el cansancio logró que me quedara dormido. Normalmente me duermo viendo una película, lamentablemente no nos tocó un vuelo con el servicio así que estábamos a merced de nuestra imaginación.

Para completar, yo estaba junto al pasillo y cada vez que alguien pasaba al baño tenía que tropezarse con mi pié o mi codo. Además que quienes van al baño en los aviones por lo general no son flacos y si lo son, van apurados y pensando "me hice, carajo, me hiceeee". Eso por el lado izquierdo. Por el lado derecho mi compañero de silla no paró de moverse supongo que porque estaba incómodo, no lo culpo. Lo curioso es que al final del vuelo me pregunta: "¿pudo dormir?". En fin.

Eso sí, el hotel es una maravilla. Mucho lujo, de ese al que todos aspiramos pero pocos estamos acostumbrados. Poco faltó para que la ducha me dijera "good morning Mr Gamboa. Hot water or cold water?". Me tocó una cama inmensa en la que no sólo me hundí y dormí plácidamente sino que me recordó lo rico que es compartir esas camas. Bueno, algún día será. El hotel… divinamente, inmejorable.

Dado que en la segunda escala del vuelo no nos dieron desayuno, llegamos con un hambre brutal. Nos registramos en el hotel, ducha, y salimos a buscar almuerzo. Aquí las cuadras son inmensas. Ir "a donde el vecino" es pegarse una caminada monumental. Aparte por ser verano, yendo al restaurante quedé como una uva pasa. Sí, también por lo negro.

Recorrimos el downtown y encontramos varios restaurantes. Finalmente nos decidimos por uno de pizza. Realmente la pizza a mí no me parece como para un almuerzo, así que pedí un sandwich grande, Chicago Style, según decía. Mis amigos finalmente se decidieron por lo mismo.  Entre charla y risas, un amigo nos contó cómo en España para desayunar pidió el típico tinto mañanero, de ese que nos tomamos los colombianos con tanto gusto. Aunque el mesero dudó y le preguntó si estaba seguro, mi amigo le confirmó y finalmente le trajo una botellota de vino tinto que costaba 25 euros. Con emoción y valentía dijo "eso no me vuelve a pasar". Al rato llega la mesera con sendos trozos de pan, rellenos de roastbeef, habichuelas y zanahoria. Osea, como la ensalada que hace la abuelita, pero sin mayonesa y con un pan grandote para completar. Brutal. 

Uno de mis amigos era el que tenía más hambre y mandó el primer mordisco sin reparar en lo caliente del plato. Todo normal hasta que mi amigo empezó a soltar lágrimas. Alcancé a pensar que estaba feliz por semejante manjar, o porque era su primer almuerzo en tierras norteñas. O quizás recordó que destituyeron a Moreno de la alcaldía. Cuando yo iba a pegarle el mordisco al mío me agarró la mano y entre sollozos me balbuceó carraspeando: "no son habichuelas, son jalapeños".

Media hora después cuando por fin pudimos parar de reírnos (dos) y de llorar (el tercero), confirmamos que no podríamos comernos esos sandwich, ni por los laditos, ni el pan sólo. No bastaba con quitarle los jalapeños: tooodo estaba picante. Al final terminamos comprando una pizza lo más neutra y simple posible. Un remedo de pizza hawaiana. Eso sí, estaba muy rica, al menos no picaba. La buena noticia es que tuve que tomarme 3 cervezas heladas para pasar el sabor. Digo, cualquier excusa es buena.

Ellos ya siguen a la marmota

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